Octubre, más allá del eslogan: lo que de verdad significa hablar de salud mental
La superficie del bienestar y lo que callamos en la intimidad
Cada mes de octubre nos encontramos con una narrativa predecible sobre la salud mental. Las redes se llenan de mensajes amables, frases preconcebidas y recordatorios institucionales que invitan a "hablar", "estar bien" o "pedir ayuda". Sin embargo, hay algo en la simplificación publicitaria que termina por despojar al sufrimiento humano de su complejidad real. Cuando alguien atraviesa un periodo de angustia, un vacío persistente o una fatiga existencial profunda, la positividad automatizada no suele reconfortar; con frecuencia, genera la sensación opuesta: una soledad aún más marcada frente a la imposibilidad de encajar en esa calma esperada.
Hablar de salud mental exige alejarnos de la consigna fácil para detenernos en la dimensión subjetiva del malestar. En el ejercicio cotidiano de habitar la vida —y en la intimidad de los espacios donde la palabra se despliega sin censura— resulta evidente que el sufrimiento rara vez se presenta como una crisis estrepitosa o visible. Existe una forma silenciosa de padecer que convive perfectamente con la funcionalidad cotidiana. Es el peso de quien rinde de manera intachable en su trabajo sosteniendo una tensión invisible en el cuerpo, de quien acompaña a otros mientras siente una desconexión profunda de su propio deseo, o de quien responde "todo bien" por mero automatismo, consciente de que el entorno pocas veces tiene el tiempo o la disposición para alojar una respuesta distinta.
Hemos aprendido a adaptar el malestar al ritmo de la agenda. Se nos exige seguir produciendo, respondiendo y sosteniendo aparatos de vida que a menudo nos sobrepasan, como si la fragilidad fuera un defecto de fabricación o un fallo en la voluntad. Pero la tristeza, la ansiedad o la desorientación no son deficiencias personales; son respuestas humanas ante historias que no han encontrado un lugar para ser contadas, duelos no tramitados o exigencias que se han llevado a cuestas durante demasiado tiempo sin pausa ni elaboración.
Una empatía verdadera no surge de compadecer al otro ni de ofrecerle soluciones inmediatas para acallar su incomodidad. La empatía real comienza cuando estamos dispuestos a sostener la mirada sin la prisa por reparar lo que no entendemos del todo. Implica reconocer que no conocemos la totalidad de la historia de nadie y que, detrás del cansancio, la distancia o la irritabilidad de quien tenemos al lado, hay una trama compleja que merece respeto en lugar de juicio. Del mismo modo, esa mirada comprensiva debe volverse hacia adentro: es imposible alojar el dolor ajeno si vivimos bajo la dictadura de una autoexigencia implacable que castiga cada trozo de vulnerabilidad propia.
Cuidar la salud mental va mucho más allá de adoptar hábitos saludables o acumular intenciones benévolas. Es un acto de responsabilidad ética con la propia existencia. Significa detener la inercia del piloto automático, aprender a nombrar aquello que nos atraviesa y habilitar un espacio donde la palabra vuelva a tener peso y sentido. Pedir un lugar para hablar, cuestionar lo que hemos asumido sin criticar y renunciar al mandato de poder con todo no es un signo de derrota, sino el comienzo de un compromiso auténtico con la forma en que elegimos habitar nuestro propio deseo.
Que esta época del año no sea únicamente una excusa para repetir un hashtag o compartir una frase hecha. Que sea la oportunidad para aflojar la exigencia, mirar con mayor benevolencia nuestras propias contradicciones y recordar que la vida no se resuelve en la prisa por estar bien, sino en la valentía de escucharnos en profundidad.
Si sientes que necesitas hablar con alguien, no dudes en abrir este espacio, estoy para escucharte.
Ricardo Paredes
Psicólogo Clínico

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