Aprendí que no siempre hay que hacer algo (a veces simplemente hay que estar)
Durante mucho tiempo confié profundamente en las herramientas, en los modelos, en las formas de hacer terapia, y sigo creyendo en ellas. Pero también he tenido que reconocer algo que no siempre es fácil aceptar: a veces, la técnica se vuelve una forma de protegernos. Queremos ayudar, queremos que el paciente mejore, queremos hacer bien nuestro trabajo. Y en ese intento, sin darnos cuenta, empezamos a escuchar no para comprender, sino para intervenir. Es ahí donde algo esencial se pierde, porque hay momentos en los que lo que está en juego no es qué tan bien aplico una técnica, sino qué tan dispuesto estoy a encontrarme con el dolor del otro. Y eso, honestamente, no siempre es cómodo porque confronta (pero debemos estar preparados para esa incomodidad -usualmente la preparación proviene de la terapia propia, sí, el terapeuta también acude a terapia -).
He aprendido, a veces con dificultad, que no todo dolor necesita ser resuelto. Hay duelos que necesitan tiempo, heridas que no desaparecen pero se transforman, procesos que no se pueden acelerar sin romper algo en el camino. En una cultura que empuja constantemente a “estar bien”, la terapia puede convertirse, sin querer, en otro espacio de exigencia. Pero acompañar no siempre es aliviar. A veces, acompañar es sostener. Y eso, aunque suene simple, es profundamente desafiante.
Sostener implica quedarme, escuchar sin prisa, sin la necesidad inmediata de corregir, interpretar o dirigir. Implica tolerar silencios, lágrimas que no se detienen, historias que no tienen un cierre claro. Implica renunciar, aunque sea por momentos, a la ilusión de control y aceptar que hay instantes en los que lo más terapéutico no es lo que hago, sino cómo estoy. Acompañar, lo he ido entendiendo con el tiempo, no es llevar al otro a un lugar, es atreverme a quedarme con él donde está.
Y en ese proceso, inevitablemente, también me encuentro conmigo. Porque hay algo que no siempre se dice lo suficiente: acompañar también me atraviesa. El dolor del otro resuena, incomoda, a veces desborda. Aparece en mí el deseo de hacer algo rápido, de aliviar, de ordenar, de cerrar. No siempre por el paciente, a veces también por mí. Y ahí es donde este trabajo se vuelve más maravilloso, porque no solo se trata de escuchar al otro, sino de escucharme a mí en ese encuentro.
He tenido que aprender a detenerme, a preguntarme desde dónde estoy acompañando: si desde la prisa, desde la necesidad de que algo cambie, o desde la disposición real de estar. Y en medio de todo esto, también he podido reconciliarme con la técnica. Porque no se trata de dejarla de lado. La técnica orienta, sostiene, da marco; es necesaria. Pero sin presencia, sin vínculo, sin humanidad, corre el riesgo de quedarse vacía.
Hoy entiendo que el verdadero trabajo no está en elegir entre técnica o humanidad, sino en aprender a integrarlas. En saber cuándo intervenir y cuándo simplemente estar. En confiar en que no todo necesita ser dicho, ni todo necesita ser resuelto de inmediato. Y en recordar, una y otra vez, algo que parece obvio pero que en la práctica se nos puede olvidar: hay alguien frente a mí que no necesita ser corregido, necesita ser comprendido. Y a veces, eso empieza simplemente por estar ahí, de verdad.



Comentarios
Publicar un comentario