La masa en el diván: ¿Por qué el Mundial nos hace olvidar quiénes somos?

Cada cuatro años ocurre un fenómeno hipnótico que paraliza al planeta. Ciudades enteras detienen su ritmo, los horarios de trabajo se alteran y millones de personas, que no se conocen entre sí, terminan abrazadas en una plaza pública o llorando frente a una pantalla por el mismo motivo. Es fácil despacharlo diciendo que "solo es fútbol", pero como psicólogo, y especialmente desde la mirada aguda del psicoanálisis, sé que ahí abajo se está moviendo algo mucho más profundo. El Mundial es, en esencia, la manifestación moderna más perfecta de lo que Sigmund Freud llamó la psicología de las masas.

En 1921, Freud escribió un texto clave donde explicaba cómo un grupo de individuos, al unirse bajo una misma causa o ideal, suspende temporalmente su propia individualidad. Lo fascinante de la masa no es que sume las inteligencias de todos, sino que nivela sus inconscientes. Al ponernos la camiseta de la selección, ocurre una especie de magia psíquica: las barreras del "yo" se diluyen. Tus problemas económicos, esa ruptura amorosa que te quita el sueño, las crisis sociales del país o la incertidumbre del futuro quedan, por noventa minutos, anestesiados. La masa ofrece un refugio anónimo; un paréntesis donde tu historia individual se funde con una narrativa mucho más grande.

¿Por qué tiene tanto poder? Porque funciona como un gigantesco canalizador de emociones que, de otro modo, estarían reprimidas o estancadas. En nuestra vida cotidiana caminamos con altos niveles de frustración, angustia y agresividad que la cultura nos exige contener para poder vivir en sociedad. El Mundial opera como una válvula de escape socialmente aceptada. Gritar un gol con furia, insultar al árbitro o llorar de frustración en la tribuna no es solo por la pelota; es el desahogo de tensiones acumuladas en el día a día que encuentran en la cancha el escenario perfecto para ser liberadas. El estadio, o la sala de la casa, se convierten en el diván colectivo de la sociedad.

Freud también hablaba de cómo la masa se sostiene a través de los lazos afectivos: la identificación con los pares y la proyección en un líder o ideal común. En el fútbol, ese ideal es la ilusión de la victoria, la gloria compartida. Por un instante, el triunfo del equipo se siente como un triunfo personal; una pequeña dosis de justicia o de felicidad en medio de realidades que a veces son muy grises. No está mal usar ese oasis. Al contrario, el ser humano necesita esos momentos de catarsis colectiva para soportar el peso de la realidad. El peligro, como siempre, es cuando la pantalla se apaga y pretendemos usar el juego no como un descanso necesario, sino como una anestesia permanente para no hacernos cargo de nuestras propias batallas individuales. Al final, el silbato suena, la masa se disuelve y nos toca volver a nosotros mismos, ojalá que un poco más aliviados por el viaje.

Ricardo Paredes

Psicólogo Clínico

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