La labor invisible de la infancia: por qué el juego es salud mental
Cuando observamos a un niño jugar, no estamos viendo solo entretenimiento, estamos siendo testigos del nacimiento de su personalidad. Hay un psicoanalista que me gusta mucho, Donald Winnicott, que decía que el juego ocurre en un espacio intermedio, un puente mágico entre lo que el niño lleva dentro y la realidad del exterior. En ese puente no hay respuestas correctas ni incorrectas. Si una caja de cartón hoy es un cohete espacial, la realidad no se cuestiona. Es en ese territorio seguro donde el niño ensaya identidades, se inventa roles y va construyendo un "yo" auténtico y saludable. El juego es, literalmente, el primer laboratorio de nuestra estructura mental.
Pero va mucho más allá de la creatividad. El juego tiene una función terapéutica natural que es brillante. Freud lo descubrió observando a su nieto jugar con un carretel de hilo, lanzándolo lejos y recogiéndolo una y otra vez para elaborar la angustia de que su mamá se fuera a trabajar. En la vida real, el niño sufre la ausencia de forma pasiva; en el juego, él toma el control, él decide cuándo el objeto se va y cuándo regresa. Esa es la magia: el juego nos permite tomar lo que nos duele, lo que nos asusta o lo que no entendemos del mundo, y recrearlo bajo nuestras propias reglas para poder dominarlo y asimilarlo. Jugamos para sanar, para transformar lo pasivo en activo.
Lo hermoso de esto es que, aunque crecemos y dejamos los juguetes, esa necesidad lúdica no desaparece, solo se transforma. Los adultos seguimos jugando cuando hacemos arte, cuando nos permitimos el humor, cuando creamos algo nuevo o cuando nos entregamos a un momento de ocio sin la presión de tener que ser productivos. Por eso, celebrar este día es un recordatorio para todos. Mañana es una invitación a mirar el juego de los niños con un respeto profundo por la inmensa labor psicológica que están haciendo, y también, una excusa perfecta para reconectarnos con nuestro propio espacio lúdico, ese rincón del alma donde nos permitimos, simplemente, ser y crear.
Ricardo Paredes
Psicólogo Clínico
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