El filo de la indiferencia: Juan Esteban Bastidas y el grito que nadie quiso escuchar

Lo que ocurrió recientemente en el Hospital Universitario del Valle (HUV) no puede quedarse en un video viral de WhatsApp o en una noticia judicial de un minuto. Cuando Juan Esteban Bastidas, un joven de apenas 20 años, empuñó un machete en los pasillos del hospital, el mundo vio una amenaza, un delincuente o un loco. Pero la historia detrás del arma es el reflejo de una sociedad que solo reacciona cuando el dolor se vuelve peligroso.

Un arma en el lugar de la sanación

Hablemos con claridad: entrar a un centro asistencial con un machete es un acto violento y de altísimo riesgo. No podemos, bajo ninguna circunstancia, romantizar el uso de la fuerza. Médicos, enfermeras y pacientes vivieron momentos de terror que nadie debería experimentar en un lugar destinado a salvar vidas. El machete no fue una "herramienta de comunicación", fue una acción desesperada que cruzó todos los límites de la seguridad ciudadana.

Sin embargo, la pregunta incómoda no es qué hizo Juan Esteban, sino qué lo llevó hasta ese abismo. Juan Esteban no llegó al HUV buscando violencia; llegó buscando ayuda para su pareja, quien atravesaba una eventual perdida de su hijo, en curso. Lo que siguió fue una cadena de esperas, presuntas negligencias y una deshumanización que terminó por romper el último hilo de cordura de un hombre que veía cómo su mundo se desmoronaba en una sala de espera.

La ceguera colectiva: El efecto espectador

Cali es una ciudad que se jacta de su cercanía y su "chispa", pero este caso nos devuelve una imagen aterradora: la de una comunidad que sabe grabar con el celular, pero ha olvidado cómo intervenir humanamente. Juan Esteban tuvo que llegar al extremo de amenazar a otros para que el sistema —y nosotros— finalmente le pusiéramos los ojos encima.

"¿En qué momento dejamos de ser vecinos para convertirnos en simples testigos de la tragedia ajena?"

Resulta incomprensible que, en las horas previas al estallido, nadie (ni el personal de seguridad, ni los acompañantes, ni los transeúntes) fuera capaz de leer las señales de un hombre en crisis. Nos hemos acostumbrado tanto al caos que preferimos juzgar desde la barrera que preguntar: "¿Qué te pasa? ¿Cómo te ayudo?". La falta de empatía es hoy tan letal como cualquier falla administrativa.

Más allá del fallo del sistema

Es muy fácil señalar al HUV o a la EPS de turno. Y sí, el sistema falló. Falló cuando no brindó atención oportuna a una mujer perdiendo a su hijo y falló cuando, tras el incidente, Juan Esteban fue liberado sin un protocolo de salud mental claro que evitara lo que ocurrió después: su suicidio.

Pero el análisis profundo nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Juan Esteban era un líder comunitario, un joven con sueños que terminó declarado con muerte cerebral tras no soportar el peso de su propia angustia. La invisibilidad de las realidades emocionales es una decisión que tomamos todos los días cuando decidimos no involucrarnos en el desorden emocional del otro porque "no es problema nuestro".

Reflexión final

La tragedia de Juan Esteban Bastidas nos deja una lección amarga sobre la responsabilidad compartida. La salud mental no se soluciona solo con más psiquiatras, sino con una red social que no obligue a las personas a volverse peligrosas para ser escuchadas.

Si seguimos siendo una sociedad que solo mira a través de la pantalla de un móvil, seguiremos lamentando muertes que pudieron evitarse con un poco de humanidad antes de que el primer grito se convirtiera en un arma.

Si sientes que el silencio se está volviendo demasiado ruidoso, si estás atravesando una crisis o simplemente necesitas a alguien que escuche sin juzgar para encontrar un camino, no esperes. A veces, una conversación a tiempo es el primer paso para cambiarlo todo.

Ricardo Paredes 

Psicólogo Clínico 

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